La noche es la hora más crítica. Miro la falsa oscuridad que me llega desde esta ventana con vistas a la pared de enfrente, desconchada y mugrienta, y oigo sin querer el ruido triste que hacen los de abajo cuando se aman, y el chorrear incesante del grifo de la cocina, y los suspiros de las mujeres de los señores de traje gris. Y tú no estás y es tarde y la noche es demasiado larga y caliente y como hecha para otra cosa, por ejemplo para que me leas a Eliot, a Whitman o Pessoa mientras nuestros ojos se llenan de imágenes fabulosas. Vuelvo a mirar las sombras que llegan de la ventana y sólo puedo hacer dos cosas: escribir o morir. Matarme un poquito, con ganas, con uñas, con pena, con dientes. Y es absurdo que todo se vuelva absurdo sólo porque esta noche tú no estás. Y da hasta vergüenza sentir esta especie de necesidad (esta necesidad, hablemos claro). Yo, precisamente yo, siempre orgullosa de mi independencia, mi autonomía, mi autodominio, lo que se dice toda una mujer moderna. Y mira ahora, mírame aquí arrugada, pequeña caracol asustada, con miedo, con manos que ya no tienen qué tocar, con ojos que ya no saben qué mirar, pequeña caracol asustada, mezclando memoria y deseo, buscando entre los libros como loca, buscando algo que me rescate de este naufragio, arrancando la tierra baldía de la estantería, aferrándome a sus versos para no morirme del todo, para poder salvarme, para que esta noche Eliot me cure por fin de esta sequía intolerable de rosas, de unicornios, de islas.