lunes 5 de octubre de 2009

De llaves y burbujas.

Hay mil puertas abiertas o semiabiertas, pero también hay puertas cerradas con posibilidad de encontrar una llave que las abra. Hay cosas fabulosas que a veces no sé ver. Hay días de ceguera absoluta y hay también muchas noches de insomnio en las que me atormenta brutalmente el dolor de la lucidez. Antes de conocerte el mundo era algo incierto, desconcertante y con demasiadas preguntas sin respuesta. Cuando te conocí, todas esas preguntas se invalidaron instantáneamente porque en tu cama sólo cabían nuestros cuerpos y no había lugar para los porqués. Durante más de tres años viví contigo en un limbo precioso, en un equilibrio tal que se volvía casi sospechoso, en una burbuja en la que la metafísica era algo así como acariciar una mano, besar unos párpados con sueño, competir por el mejor desayuno. Ahora que estamos lejos nos vuelven todas esas preguntas que creíamos enterradas y como de otro tiempo. Las ganas, el miedo y el vértigo se mezclan formando una masa dura que se instala a la altura del estómago y que me quita el hambre y el sueño. Menos mal que me salva la poesía y me salva Cortázar, que es el muerto con el que mejor me entiendo.

jueves 17 de septiembre de 2009

De sístoles y diástoles

Estos últimos días he tenido que rellenar varios formularios en los que me preguntaban mi profesión. A falta de más certezas, he puesto "parada". En realidad estoy en un limbo, en una placenta, en algo de lo que hay que salir para llegar a, a la espera de un salto, de una llamada, de cualquier cosa o pista que me haga reorientar este timón. Llevo demasiados meses esperando una señal pero sabiendo de antemano que esos guiños sólo llegan cuando no los esperas. Me duele todo desde la indiferencia, o algo así. Desde que me reinstalé en Barcelona estoy conociendo a personas extraordinarias y sin embargo no soy capaz de sorprenderme o asombrarme como antes. Pasan por delante, los miro, les hablo, los observo y los veo irse como si fueran los personajes de las películas que siempre ponen en los autobuses y a las que siempre renuncio por ver el paisaje. Están ahí, a dos metros de mí, todo muy interesante pero en realidad yo estoy fuera, en la carretera, en los pueblecitos por los que voy pasando, y en la película todo ocurre muy rápido pero es algo que sucede al margen de mí y de mi asiento, con ventanilla a ser posible.
Ayer hablé con Olivia, la mejor profesora que he tenido nunca, y me dijo cosas muy hermosas. Le conté que estaba descubriendo el placer de la enseñanza y que no me importaría seguir dando clases, y entonces ella me dijo algo así como que enseñar era muy satisfactorio pero que de tanto dar uno acaba por vaciarse, y que no olvidara nunca seguir llenándome. Así que por el momento sólo aspiro a eso. Vaciarme y llenarme, y de tanto en tanto apartar la vista del paisaje y sonreírle al que le tocó el asiento del pasillo.

miércoles 16 de septiembre de 2009

September is the cruellest month y las rosas se secan si no se las riega.

La noche es la hora más crítica. Miro la falsa oscuridad que me llega desde esta ventana con vistas a la pared de enfrente, desconchada y mugrienta, y oigo sin querer el ruido triste que hacen los de abajo cuando se aman, y el chorrear incesante del grifo de la cocina, y los suspiros de las mujeres de los señores de traje gris. Y tú no estás y es tarde y la noche es demasiado larga y caliente y como hecha para otra cosa, por ejemplo para que me leas a Eliot, a Whitman o Pessoa mientras nuestros ojos se llenan de imágenes fabulosas. Vuelvo a mirar las sombras que llegan de la ventana y sólo puedo hacer dos cosas: escribir o morir. Matarme un poquito, con ganas, con uñas, con pena, con dientes. Y es absurdo que todo se vuelva absurdo sólo porque esta noche tú no estás. Y da hasta vergüenza sentir esta especie de necesidad (esta necesidad, hablemos claro). Yo, precisamente yo, siempre orgullosa de mi independencia, mi autonomía, mi autodominio, lo que se dice toda una mujer moderna. Y mira ahora, mírame aquí arrugada, pequeña caracol asustada, con miedo, con manos que ya no tienen qué tocar, con ojos que ya no saben qué mirar, pequeña caracol asustada, mezclando memoria y deseo, buscando entre los libros como loca, buscando algo que me rescate de este naufragio, arrancando la tierra baldía de la estantería, aferrándome a sus versos para no morirme del todo, para poder salvarme, para que esta noche Eliot me cure por fin de esta sequía intolerable de rosas, de unicornios, de islas.

domingo 13 de septiembre de 2009

All you need is love, o cómo aprender a vivir sin ti

No soporto a la gente cursi, pero por una vez no me importa ceder a la melancolía. Esta noche la ciudad tiene algo de pecera de grillos muertos de miedo. Yo tiemblo y lloro, y ni siquiera hay luna. Entré en el metro para escapar un rato de mí misma y me pareció que un chico me miraba esperando que le mirase, esperando siempre otra cosa, entrar, algo. Antes de arrepentirme, di media vuelta y cambié de lado. Me senté y enfrente de mí un hombre viejo lloraba y escuchaba un pequeño transistor. Lloré con él y la Barbie impecable que había a mi lado nos miró con lástima, con espanto. Cuánta tristeza había en ese vagón. Cuánto me va a costar desacostumbrarme al lado derecho de la cama. Qué grande se me queda todo cuando empieza septiembre y ya no hay brújulas ni besos tuyos entre sueño y sueño. Qué pena cuando sólo me queda este insomnio inútil, estas ganas de lluvia, de cosas vivas, de unicornios, de islas.